15 de junio de 2014

Drug.

Me apuntó con aquella pistola y no sabía que pensar. Este era el momento en el que tendría que ver mi vida pasar lentamente, momento a momento. Pero yo no veía nada. Solo gris. ¿Eso era lo que había supuesto mi vida para mi? ¿Un color absurdo, feo, y sin sentido? Eso del color gris, tiene que ser una ironía, una broma sin gracia, porque nunca me ha gustado las cosas a medias y mucho menos los colores. Yo soy de blanco o negro. De te quiero o te odio. O de me caes bien o me repateas las tripas. O de feliz o triste.
Le miró y me preguntó por qué me está haciendo esto. Seguramente sea porque me lo merezco. Es entonces cuando veo una foto en mi mente. Es una foto en la que salimos él y yo, sonriendo a la nada. Fue uno de esos días, de hace muchísimos años, donde parecía que todo iba bien. Donde parecía que podíamos tocar las nubes con las yemas de los dedos, donde no nos importaba nada ni nadie. Pasan unos segundos y aparece otra foto, en esta él me está cogiendo por la cintura, mientras me da un beso en la frente. Yo solo le estoy mirando a los ojos. Esos que ojos que me cautivaron la primera vez que me miraron, esos que ojos que me hicieron volverme completamente chiflada. En la siguiente, estamos en el sofá, él entre mis piernas mientras yo le despeinaba el pelo, porque aunque él decía que lo odiaba, yo sabía que en realidad le encantaba. Recuerdo ese día perfectamente, la noche anterior habíamos salido de fiesta por el cumpleaños de una amiga, donde yo me peleé con ella. Me cogí el bolso y la chaqueta, y me fui de allí a toda prisa. Era invierno y hacía un tiempo de perros. Salí a la calle, dispuesta a ir a mi casa mientras echaba algunas lágrimas. Él iba detrás mía, cuando me giré y él se acercó a mi, para secarme las lágrimas, fue cuando supe que estaba enamorada irremediablemente de él. Llegamos a mi casa entre besos y jadeos, él se quedó durmiendo en mi cama, a mi lado, sin hacer nada. Solo nos abrazábamos. Aún recuerdo la alegría que sentí al levantarme y verlo a mi lado, completamente dormido con cara de niño pequeño. Lo desperté a besos y me dijo que ojalá pudiera despertarse así todos los días de su vida. Nos pasamos el resto del día en el sofá, haciendo nada, pero siendo completamente felices.
Respiré un segundo y volví a contemplarle. Él seguía sujetando la pistola, sin vacilar ni un solo segundo. Volví a cerrar los ojos, para poder ver otra foto más. En esta, salíamos en nuestra nueva casa, en la cocina, llenos de harina y riéndonos. Después apareció otra foto, que era de nuestro primer viaje a Roma, donde salíamos completamente sonrientes y absortos mirando lo que nos rodeaba. Las siguientes fotos se tornaron más oscuras, y más difíciles de ver para mi. Pero, las reconocí en seguida, porque recordaba todos y cada uno de esos momentos perfectamente. En una, estábamos en la cama, dándonos la espalda después de una pelea. La otra era en una fiesta, donde él me sujetaba el brazo, y yo salía chillándole. En la siguiente, el salía mirándome, mientras yo estaba en frente suya, de brazos cruzados y con lágrimas en las mejillas. También vi otra, donde estábamos sentados en la cama, el intentaba darme un beso, y yo salía girándole la cara.
Mi mente revivía todos aquellos instantes como si hubiera sido ayer. Recuerdo los gritos desgarradores, las lágrimas que derramé, todos los vasos y platos que rompí, todas las veces en las que me tiré al suelo frío, las pastillas que me metí en la boca, las mañanas heladas sentada en la barandilla de un séptimo piso, las llamadas y los mensajes que no respondí, las heridas abiertas, la sangre y los litros de vodka y ron que tomé para intentar olvidar en la mierda en la que estaba mentida. Sin darme cuenta, de que yo misma estaba metiéndome más mierda aún.
Las fotos que vinieron un poco después, eran ya en blanco y negro, que juntos hacían la combinación de colores más triste que pueda haber. En una salía, él mientras me daba una bofetada en la mejilla. En otra yo estaba tirada en suelo echa una ovillo, con la ceja rota y el ojo derecho morado, él solo salía mirándome sin más, como si nada pasara. Aparecían más fotos de patadas y puñetazos, contra los que yo grité e intenté hacerle ver lo gilipollas que estaba siendo, sin saber que solo así me estaba ganando otra paliza.
Mi vida se tornó oscura, fría, sin sentido. Y los brazos que un día fueron mi casa, se fueron convirtiendo en mi peor pesadilla. Los labios que tantos besos me dieron, ahora solo escupían palabras vacías. Él prometió que espantaría a todos mis monstruos, y sin darme cuenta, de la noche a la mañana él se convirtió en uno de ellos. ¿Puede que siempre lo fuera y yo fuera tan tonta como para no darme cuenta?
Su pistola cada vez está más cerca de mi cabeza. Dispara. Ya me da igual. No puedo respirar. Tú no eres tú. Yo ya no seré nunca más yo.

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