2 de abril de 2014

Siempre.

Lo miré apoyado en nuestra pared de siempre. En nuestro sitio de siempre. A la hora de siempre. Con aquellos rayos de sol dándole en la cara, era precioso. Y sin ellos también. Sabían que el momento había llegado. Me acerqué. Iba vestida con una camiseta ancha negra, unos pantalones cortos vaqueros, con mi melena suelta y zapatillas negras. Me apoyé en la pared, a su lado y le miré detenidamente. Sus facciones eran demasiado hermosas, demasiada belleza en una sola persona, tanto por dentro como por fuera. ¿Qué iba a hacer cuando él no estuviera? Solo pensarlo, hacía que se me nublase la vista y temblara irremediablemente. Maldita sea, ¿por qué coño era la vida tan injusta? Él se giró y tras unos segundos, me dedicó una de sus sonrisas apagadas. Lo iba a añorar tanto, que no podría soportarlo. Lo sabía. Le miré otra vez, me fijé en que tenía el pelo revuelto, porque cuando se ponía nervioso se lo tocaba sin parar.
-Hola -dije en un suspiro. Cada vez se me hacía más y más difícil. Pero él no tardó ni medio segundo, en girarse y abrazarme. Aquella era mi casa, y yo debería estar allí con él. Se separó un poco de mi y me sostuvo la cabeza con las dos manos. Apoyó su frente junto a la mía y ambos respiramos el mismo aire.- No por favor, no lo hagas. -supliqué.
-Ojalá no tuviera que hacerlo, pero es necesario. María, tú sabes todo lo que significas para mí, has tocado mi alma y mi corazón. Te hiciste un hueco en mi vida y con eso, cambiaste todo. Conozco tu cuerpo como la palma de mi mano, he pasado noches enteras mirándote dormir, hemos compartido sueños, metas, alegrías y muchas lágrimas -estaba a punto de romper a llorar, aquello me podía. Quería gritar que no me dejará, que le necesitaba, que él lo era todo para mi. Pero en el fondo, sabía que eso solo sería egoísta por mi parte, por muy caprichosa que fuera. Interrumpiéndolo, me acerqué un poco más a él y le besé, solo nos separábamos para coger aire y yo ni siquiera lo necesitaba, él era todo mi oxígeno.- Sabes... te reconocería por muchos años que pasasen, tus besos, tu olor...te conozco tan tan bien, más que a mi mismo. Hemos hecho el amor tantas veces como nos hemos peleado, te he chillado y tú también lo has hecho, hemos querido matarnos, tirarlo todo por la borda por aquellas dudas que teníamos, pero te juro que cuando te veía sonreír todo lo demás se quedaba atrás, tu risa lo superaba todo. Y te quiero tanto, que no puedo vivir sin ti. Me sé y amo todas y cada una de tus manías, de tus vicios, de tus miedos, de tus sueños, de aquello por lo que luchas cada día. Y sé que tú también conoces todo eso de mi y eso me hace sentir tremendamente feliz. - a partir de ese momento, no pude controlar más mis lágrimas, sollocé y pataleé. Le quería tanto que me estaba consumiendo, junto a él.-
-¡Te quiero! -grité mientras le daba besos por todas partes, por la cara, el cuello, los hombros, el pecho.- No te vayas solo, no me puedes dejar aquí, no sé que haré sin ti. Me voy contigo, ¿me escuchas?, me voy contigo. ¡A la mierda mis padres! ¡A la mierda todo! Todo saldrá bien si estamos juntos. No te voy a dejar solo, no puedo. Por favor, déjame ir contigo. -caí al suelo, sin ni siquiera darme cuenta. Él se agachó conmigo y me acunó, como siempre hacía cuando me ponía histérica.-
-Sabes que donde voy, tú no puedes venir. Te quiero aquí, ¿sabes? Quiero que allá donde vaya, pueda verte con una sonrisa, siempre. Quiero que te pongas tu vestido favorito y salgas por ahí con tus amigas a pasártelo bien. Quiero que conozcas al hombre de tu vida, aquel que no te haga sufrir, que siempre te haga reír, que te haga cosquillas nada más levantarte, que te grite que eres preciosa tal y como eres cuando empieces a mirar y fruncir el ceño cuando te miras al espejo. -cerré los ojos, todo aquello era demasiado doloroso, demasiado irreal. Tenia que ser solo una puta pesadilla.-
-¿Me estás diciendo que me vaya con otro? ¿Sin más? -no me lo podía creer.- ¡¿Qué coño te pasa?! ¿Te piensas que te voy a olvidar así como quién chasquea los dedos? ¡No! ¡Tú eres todo lo que tengo! -lo miré, su piel, que un día había sido tostada, ahora estaba completamente pálida. Sus ojos que un día brillaron como el cielo, hoy solo eran un pozo oscuro. Su sonrisa que hacía que sonriera yo también, no existía. Le costaba respirar,  incluso mientras la sujetaba, ella notaba como los brazos le temblaban levemente. Algo que a lo mejor nadie notaría, porque lo ocultaba muy bien, pero ella lo conocía a la perfección.
-Entiéndelo, no quiero que me veas en mi estado, te quiero demasiado para hacerte eso.
-Me deberías dar a elegir a mi. ¡No soy ninguna cría! -intentaba mostrarle lo dura que era, y que podría aguantar todo lo que le echaran encima, y que no quería separarme de su lado, por muy difícil que fuera  a ser. Nada se podría comparar con el dolor que estaba sintiendo ahora mismo al saber que era la última vez que lo vería, que él no me iba a dejar estar a su lado. -¡Me necesitas!
-Claro, que lo hago, pequeña. Pero ya he sido demasiado egoísta contigo, es hora de despedirnos. -cuando él me miró suplicando con la mirada que parase y le dejase ir, lo entendí todo. Para él, estaba siendo mucho peor que para mi y sin embargo, aquí estaba yo, llorando. Haciendo que su último recuerdo de mi, fuera una pataleta de niña de tres años. Me levanté y le di la mano para ayudarlo a levantarse. Estaba demasiado débil. Cuando se estaba levantando, se tambaleó. Aquella enfermedad se lo estaba llevando. Aquel chico que tanto quería, se estaba muriendo. Aquel chico que tan fuerte y duro fue en su día, hoy no podía ni mantenerse en pie. Aquel chico que me enamoró con sus bromas y sus palabras, se estaba quedando sin aliento suficiente. Le estaban quitando la vida poco a poco, suspiro a suspiro. Así que, me acerqué un poco a él y nos abrazamos, le agarré con fuerza para que supiera que yo nunca le dejaría ir. Que miraría las estrellas todas las noches y sabría que aquella que brillase más, sería él. Que llamaría todos los días a su móvil para escuchar su voz en el contestador. Que todas las mañanas nada más despertarme, pensaría en él. Que cuando caminará por aquel paseo de la playa, me acordaría de su forma de andar, y de todo lo que vivimos allí. Que cuando recorriera nuestra casa, reviviría todos aquellos momentos juntos. Que nunca podría olvidar su olor, su cara, su cuerpo, sus abrazos, sus besos, sus te quiero, su sonrisa, su risa, su forma de caminar, su forma de ser, siempre tan protector, tan cariñoso, tan bromista y alegre. Tan bueno. Tan él.
Le di un beso en la frente, como siempre él hizo conmigo.
-Te quiero. Siempre estarás aquí, conmigo -dije en un pequeño susurro, señalando mi corazón.-

Pero él nunca murió, porque yo jamás le olvidé.

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