15 de diciembre de 2013

El mundo sigue girando.

Estaba donde siempre. En aquel cuarto cerrado a cal y canto. No sabía distinguir el color de las paredes. Las canciones tristes eran la banda sonora de su vida, se sabía todas y cada una de ellas, sin excepción. Su almohada había guardado todas aquellas lágrimas inocentes, incluso todas sus súplicas y desahogos estaban dentro de esa almohada. Siempre se proponía respirar hondo, mirarse al espejo, y salir de aquella habitación que le producía claustrofobia. Pero nunca lo lograba, era demasiado esfuerzo para ella. Ella siempre se había propuesta cosas a lo largo de su vida, pero un día se dio cuenta de que nada salía como ella quería y tiró a la basura todos sueños, sin más. Se rindió porque estaba cansada de ser la única a la que todo le iba sumamente mal, cuando ella no había hecho nada malo a nadie. Incluso recuerda aquella vez en la que lloró en público, perdió toda su dignidad, pero en aquel momento no le importaba, solo quería llorar hasta ahogarse en sus propias lágrimas.
-¡Te estás jodiendo la vida, para ya! -gritó ella, pero es que como si hablará con las paredes. Él era solo un objeto puesto en una sala gris, ni sentía ni padecía.
-Está es mi mierda. No la tuya. -contestó mirando a punto fijo. Le sorprendió que le hablase, hacía mucho que no decía algo con sentido. 
-Es mi mierda también y lo sabes perfectamente. 
-Tú eres con quien follo, cuando no tengo a nadie más, ¿eso te da algún derecho a decirme lo que tengo que hacer? -ella no supe que decir después de aquello. Solo sabía que no se iba a permitir el lujo de llorar, él no sabía ni lo que decía. 
-Eso no es cierto. -articuló, mirándolo fijamente aunque sin ser correspondida. 
-Si es cierto, solo que tú no lo quieres creer, porque te has ilusionado. Te dije que no lo hicieras. No eres ni mi novia, ni mi hermana, ni mi amiga, no eres nadie para mi. Vete. -lo dijo todo tan rápido, que ella creyó por un momento que solamente lo había imaginado. Pero después de unos segundos de silencio, se dio cuenta de que aquellas palabras si que habían salido de su boca. Ella se acercó más a él, le tocó la mejilla y acto seguido, le acarició. 
-Tú no eres así. Tú no eres esto. Tú me quieres. - y entonces, él por fin la miró. Ella sintió como le temblaban las piernas, como la primera que le vio. Era inevitable. -Déjame decidir a mi. Déjame quererte y cuidarte. Puedes salir de esto, yo voy a estar contigo. -dijo despacio para que él pudiera procesar todas las palabras que decía. 
Entonces, ocurrió algo inesperado para ella. Él la empujó, tan fuerte que cayó para atrás, dándose un golpe en la cabeza. Antes de caer inconsciente, lo último que vio fue su cara y una lágrima que caía por su mejilla, aunque a lo mejor simplemente ella ya estaba soñando... Cuando se despertó, estaba en medio de una multitud de gente, preguntándole si estaba bien. No había tenido la suerte de sufrir amnesia ni nada parecido. Ella podía recordar todo lo ocurrido. Y dolía, dolía tanto, que se puso a llorar como una niña pequeña con un arrebato. Lo curioso es que ella jamás había llorado delante de nadie, después de los siete años. Ni siquiera delante de su madre... 
Ahora, después de tanto tiempo, ella seguía recordando aquel momento como el que la hizo encerrarse bajo llave, en sí misma. Hacía mucho que no salía de allí. Hacía mucho que no le buscaba. La última vez fue dos semanas después de aquello, ella recorrió todos los malditos lugares dónde había estado con él, donde se habían dicho 'te quiero' susurrándoselo al oído, incluso fue a los lugares donde se habían peleado y después se habían reconciliado... buscó por todas las calles de esa puta ciudad fría, sin encontrarlo. Se sentó en su banco y pensó que hasta aquí había llegado su límite, cuando llegó a casa, no dijo nada, solo se metió en su habitación, se encerró y no volvió a salir.
Ahora, creía que estaba preparada para dar un paso adelante... se vistió y salíó de allí... sus padres la miraron sin creer lo que estaban viendo, su madre se puso a llorar y a su padre no le salían las palabras. Cuando salió por la puerta a la calle, ninguno de los dos la pararon, no querían retenerla. Ella fue a su sitio preferido en el mundo. Dónde se dieron su primer beso. La sorpresa fue que él estaba allí. Pero besando a otra. Ella solo miró, y cuando él se percató de su presencia, se alejó rápidamente de la chica y se acercó a ella corriendo, como si el mundo y el tiempo se estuvieran acabando. Él se puso delante de ella, tan cerca que incluso sus narices se tocaban, pero ella solo sentía un gran abismo entre ambos. Nunca estarían lo suficientemente cerca como para saciar su dolor. Él cogió su cara con sus manos, y apoyó su frente en la de ella. Ella sentía como respiraba fuertemente, y como su corazón iba a mil por hora. Ella sin embargo, no sentía nada. Era inmune a todo aquello. Por su culpa. No hablaban porque sabían que las palabras sobraban. No hacía falta palabras para expresar aquello. Ella se separó, para poder mirarlo a los ojos. Como aquella vez. Vio lástima, pena, dolor, sufrimiento y desesperación en los ojos de él. En el fondo, ella sabía que él no había cambiado lo más mínimo a pesar de todo. Él era un puto egoísta. Cuando él se acercó a su boca, ella tuvo unos segundos de debilidad, sus bocas se rozaron y ella sintió electricidad recorriendo su cuerpo. Pero se apartó, y no porque pensara que aquello era la correcto, sino porque ella no quería eso. 
Estar con él siempre supuso ser débil. Estar en un abismo, ella no podía alcanzarlo, ella no podía entrar en él y tocarle. Pero él a ella, sí, y no se lo quería permitir, no otra vez. No quería volver a sentir aquello que sintió una vez. Les separaba años luz, al fin y al cabo y ella lo sabía perfectamente. Cuando se apartó lo suficiente de él, pronunció un leve pero claro 'adiós', que él entendió perfectamente. 
Ella no volvería a sufrir más. Porque no se merecía aquello. Ella merecía ser feliz. Además la vida seguía, la vida pasaba ante sus ojos y estaba cansada de estar así. De desaprovechar lo único que tenía. El mundo no se paraba en él. El mundo seguía girando a pesar de los corazones rotos, a pesar de las desilusiones, decepciones, lágrimas... a pesar de todo, hay que seguir caminando, porque el dolor siempre estará ahí, pero sufrir es opcional. 


"Es como gritar pero sin que nadie te oiga. Casi te sientes avergonzada de que alguien sea tan importante, de que sin esa persona te sientas como si no fueras nada. Nadie podrá entender cuanto te duele. Te sientes sin esperanza, como si nada pudiera salvarte. Y cuando todo termina y él ya se ha ido, hasta deseas que regrese todo lo malo para que al menos también puedas tener lo bueno de vuelta."

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