19 de noviembre de 2013

Ella.

El mundo se paró. Quieto. Como ese juego que siempre hacía en educación física cuando era pequeño, todos íbamos corriendo y de repente, alguien decía estatua, y todos nos teníamos que quedar parados. No podíamos mover ni una sola pestaña. Era ella. La estaba viendo. Allí sentada, con los auriculares puestos como de costumbre. Con el pelo suelo, y con un gesto serio mirando al lado contrario de donde estaba yo. Como de costumbre, también. Solté una bocanada de aire. Con esto de quedarme como una estatua, me había olvidado de respirar o a lo mejor era por ella, no sé... Por unos segundos todo el mundo parecía haberse quedado tan estupefacto como yo. No conseguía asimilar qué cierta clase de persona estuviera en este mundo de mierda. Con clase cierta de persona, me refiero solo a ella, y no lo digo a malas obviamente, lo digo porque su belleza era algo de otro mundo. Algo que nunca antes había visto. Era de esas chicas, que aunque no conozcas de nada, te paras a observarla anonadado por la calle. Y era algo inevitable. 
Quería dar dos pasos y avanzar hasta ella. Poder acercarme, saludarla y que todo volviese a ser como antes. Pero yo, alguien que siempre se había afrontado a lo que la vida le había puesto delante, no podía andar. Maldito estúpido cobarde. 
Una chica llegó al lado de ella y la saludó. Era su amiga. Ella la saludó, con una sonrisa. Perdón, con la sonrisa. Después, la otra chica dijo algo y ella se rió. Y el sonido de su risa, me hizo hasta temblar. Ese sonido que no podía sacar de mi cabeza.
¡Ella me estaba volviendo loco!
¡Realmente loco!
Se empezaron a alejar mientras hablaban... pero yo seguía allí, sin hacer absolutamente nada, cualquiera que me viera pensaría que me pasaba algo. Estuve así varios segundos más, hasta que conseguí mover las piernas, y empezar mi camino. Mientras no podía dejar de pensar, en sus abrazos, en sus besos, en sus caricias, en aquella manera de tocarse el pelo, en lo guapa que estaba cuando se enfadaba, en los pucheros que ponía, en sus ojitos de niña buena que ponía cuando quería conseguir algo, su manía de morderse las uñas, de gritar cuando estaba nerviosa, de como me cogía la mano para tranquilizarme, de ese 'siempre te querré. ¿Por qué había sido tan estúpido? ¿Por qué la había tenido que alejar de mi lado? La quería y no poco. Pero la había cagado. Quería dar marcha atrás en el tiempo y cambiar lo que pasó. Pero no serviría, lo sé. No se puede modificar algo, sin cambiar lo que un día fue. Y sé que si lo hiciera, destruiría lo 'nuestro'. Esto era parte de mi historia y sé que de la suya también. Odié ver como al día siguiente, tenía los ojos hinchados y cuando me vio, empezó a gritarme mientras lloraba. Nunca olvidaré ese momento. Incluso después de tanto tiempo, sentía un dolor punzante en mi pecho, que se me cogía ahí y no me dejaba ni respirar. Y realmente, yo sabía que ese dolor, era ella. Que se instaló allí, para recordarme lo que pasó. Para recordarme mis putos errores. 
Tropecé. Estaba tan absorbido por mis pensamientos, que no la había visto. Era ella. Mierda. Mierda. Mierda. Intentaba pensar algo, mientras abría la boca para poder decir algo, lo que fuera.
'Hola', dije como el estúpido que era. Ella movió la cabeza a un lado, y me preguntó como estaba. ¿Qué podía responder a aquello? ¿Mal? ¿Fatal? 'Te echo de menos', articulé sin pensarlo durante más de dos segundos, después me di cuenta de lo estúpido que sonaba aquello y más salido de mi. 
'Ya. ¿Y qué?' dijo ella. 'Sé que las cosas están así, por mi culpa. Sé que me odias, me odias porque un día me quisiste tanto que te dolió. Y me odias por ello. Porque te hiciera creer en el amor, me odias por haberme querido. Y créeme yo me odio más por haberte perdido a ti. Por haberte defraudado. Nunca podré perdonarmelo.' respondí lentamente, intentando coger aliento.
'Perdónate, yo ya te perdoné hace mucho. Pero es verdad, nunca te voy a dejar de odiar por ello. Y sobretodo, por irte. Por dejarme sola, cuando dijiste que no lo haría. Me prometiste que todo estaría bien, y no lo cumpliste.' empezó a llorar, y no pude hacer otra cosa, que abrazarla. Y cuando lo hice, algo recorrió mi cuerpo de cabeza a pies. Sentí que estaba volviendo a nacer.
'Yo nunca podré perdonarme, jamás, y nunca lo haré porque hice que llorarás y aún saco tus lágrimas. Y eso me destroza.'
'Pues no hagas que llore más. Por favor.' 
No dije nada, pero aquellas palabras las grabé a fuego en mi interior. Como un tatuaje. Y juré, lo juré por ella, que nunca más me permitiría verla llorar por mi culpa.
Besé todas y cada unas de sus lágrimas, intentando hacer que desaparecieran. Besé cada parte de su cara. Respiré su aire. Y ella respiró el mío. Cuando se acercó a mi, poniéndose de puntillas y besando lentamente mis labios, sentí que todo tenía sentido. Ella. 


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