4 de septiembre de 2013

Capítulo 001.

Caricias en la espalda. Una leve brisa. Un amanecer en el horizonte. Sonido del mar al fondo. Las espigas que le hacen cosquillas. Alguien que la mira como nunca le ha mirado nadie. Una sonrisa, ¿cuánto tiempo hacía que no veía una tan verdadera como esa? Se sentía en paz. Algo la atrapaba. Era él y lo hacía en sus brazos. Magia, despendrian magia. Pero, ¿quién era él? ¿por qué la había elegido a ella? De repente, el amanecer se esfumó. Él chico sin nombre, sin ojos, ya no sonreía y poco a poco se hacía cenizas. El sonido del mar ya no era de mar, era un zumbido aterrador, con fuertes gritos. Ella ya no se sentía en paz, algo le oprimía el pecho y hacía que no pudiese respirar. El escenario cambió a una sala negra, donde ella no veía nada. Esto no iba bien. Y de repente, oscuridad. Y nada más. FIN.

Me desperté sobresaltada, mientras me incorporaba en la cama de sábanas blancas. Como en mi sueño, había algo que no me dejaba tomar aire. Estaba sudando, miré a mi alrededor, seguía en ese puto hospital. ¿Cómo podía seguir allí? Tendría que haber conseguido escapar hacía mucho ya. Pero lo conseguiría, estaba segurísima de ello. Las luz que entraba por la ventana, me cegaba. Joder. Todo era una mierda. Puse los pies en el frío suelo y fui descalza hasta el baño, pero de pronto llegó una enfermera.
-Ari, ¿a dónde vas? -me preguntó con ese tonito en la voz que tanto odiaba. Cada vez que venía esa enfermera, tenía ganas de tirarla por un largo y profundo precipicio.
-Al baño, ¿es que a caso eso también está prohibido es esta puta cárcel? -puse la sonrisa más falsa que pude en mi cara.
-Sabes que no puedes ir sola. -me respondió la mujer con una alegría que no entendía a que venía, ¿es que era feliz con su trabajo? ¿o acaso tendría una vida perfecta? No lo creo, tenía cara de amargada, solo que sabía fingir considerablemente bien, como yo, supongo.-.
-¿Ósea ni mear sola puedo aquí?
-No, lo siento.
-No digas lo siento, si realmente no lo sientes. -la miré fijamente, y ella me apartó la mirada rápidamente. Yo tampoco le gustaba a ella, eso estaba más que claro. Pero esa tía no iba a entrar conmigo al baño, eso estaba seguro.
-No voy a mear contigo mirando. -respondí con asco en la voz.
-Ah no, claro que no, yo solo me quedaré fuera, pero no puedes tirar de la cadena.
-¿Sabes que no soy anoréxica, no? No voy a meterme los dedos, por dios.
-Quién sabe. Es por precaución.
-¿Qué?
-Haz lo que te digo. -me imaginé como la cogía del cuello y la ahogaba. Bonito pensamiento, sin duda alguna. Me dirigí hasta el baño y detrás mía di un gran portazo. Iba a cerrar con pestillo, cuando me di cuenta, de que aquí no había, por supuesto. Yo no podía tener pestillos, tenía una gran enfermedad mental, yo era peligrosa para los demás. Já. Me miré en el espejo. Me lavé la cara, y me hizo un moño sin más. Miré mi pelo ahora castaño, me acuerdo de cuando mi madre lo vio por primera vez, casi le da un infarto. Antes era rubia, pero rubia rubia. Y me acuerdo de lo que me dijo el psicólogo, uno de los primeras cosas que haces antes de suicidarte, es cambiar repentinamente de imagen. Me acuerdo que pensé que ese tío estaba totalmente pirado, él necesitaba estar internado aquí y no yo. Yo cambié porque antes daba asco. Sin más. Sabía que dentro de un armario, había algo de rompa limpia que dejó ahí alguien, la última vez que vinieron a visitarme, así que, lo abrí y me cambié. Este pijama ya apestaba y encima era horrible. No sé que les pasaría a los de este hospital, pero mal gusto tenían, eso seguro, porque para deseñar un pijama así... Me puse los pantalones pitillos, con una camiseta un poco ancha de color coral.

-¿Ari? -me gritó la enfermera amargada desde fuera-
-¿Qué, mi amor? ¿Ya me echas de menos?
-¿Estás bien? -preguntó, mientras abría la puerta del baño y salía de allí.
-No, que va, acabó de meterme los dedos y potar.
-¿Qué?
-Eso -dije mientras me reía. Ella entró rápidamente al baño para ver si era verdad cuando salió con cara de pocos amigos yo aún me seguía riendo. Realmente miré el inodoro, a lo mejor era cierto y debería vomitar, a lo mejor algo más delgada estaba un poco más guapa.-
-No tengo anorexia, que te entre en la cabeza esa que tienes. Que por cierto, deberías cambiarte el peinado, ese te hace cara de bollo. -le guiñé un ojo y se fue por fin de mi habitación. Hoy me sentía diferente. No sé en que. Pero necesitaba respirar aire puro. Pero lo único que olería sería al ambientador del hospital, o bueno lo que coño que fuese ese horrible olor. Me giré y cogí de la mesa que había al lado de mi cama, blanca también, mis pulseras. Me las puse en la muñeca derecha, sobre todo no para estar guapa, si no para tapar mis cicatrices. Miré el techo. Que poco hay que hacer en este puto hospital. Antes me dejaban salir de la habitación, por los pasillos, pero siempre que lo hacía, la liaba. Mi psicólogo, dice que lo hago para llamar la atención. ¿Qué se creía aquel chiflado estúpido? No es que odie a todos los psicólogos, es más, creo que de pequeña quería estudiar eso cuando fuera mayor, por lo tanto, que quede claro que no los odio. Simplemente, odiaba a aquel tipo sabelotodo que se creía el rey del mambo, ¿es qué a caso sabía lo más mínimo de mi? Por supuesto que no. Si lo hiciera sabría que lo que hacía por el  hospital era porque me aburría a más no poder. Recordé el día de hoy. Magnífico, era sábado, el día de las visitas. Eso incluye mi cita con el psicólogo. Estupendo. Maravilloso. De repente entró alguien por la puerta. Mis padres. Sin duda, este día no podía ser peor.
-Hola cariño -dijo la que se supone que era mi madre. La miré con desprecio.
-¿Qué queréis? -ni siquiera dije un simple 'hola', no quería que estuvieran aquí, ellos no querían estar aquí. No conmigo. La peor hija del universo.
-Solo veíamos a ver como estabas... tu padre y yo estamos preocupad...
-Una mierda. -interrumpí chillando.- A vosotros solo os importáis vosotros mismos. -dirigí los ojos a mi padre, me sustuvo la mirada un leve segundo, pero pude ver como sus ojos brillaban. Qué se jodieran.
-Por favor...
-Iros. -respondí con mi mejor tono gélido. Les di la espalda y miré hacia la ventana. Si estuviera abierta, no hubiera dudado ni un segundo en tirarme por ella. Sentí aún la presencia de mis padres detrás mía, lo cual, me hacía respirar con dificultad. Me volví a dar la vuelta.- ¿Sabéis? No me interesais lo más mínimo, sois patéticos que pensando que con venir aquí y decir cuatro palabras ensayadas, arreglareis y quitareis toda esta mierda. No os quiero ver más. Largaos, joder. -Sin decir ni una palabra más, parece que lo captaron y se fueron, y vi que en la puerta estaba mi queridisima enfermera asquerosa.
-Ari, en una hora tienes cita con el psicólogo.
-Lo sé- respondí mientras le dirigía mi gran sonrisa cínica. Después salió sin más de mi habitación y pude respirar. Una respiración, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve... conté hasta que me perdí, miré la hora. Ya llegaba la hora de ir a aquella asquerosa sala.
----------------------------------------
-Hola, doctor Jonhson -no le sonreí, porque pasé de fingir que me caía bien cuando realmente no era así.
-Es un placer verte Ari. -respondió, pero él si que sonreía ¿de qué coño iba?
-Mi nombre es Ariadna.
-Cierto. Disculpame, Ariadna -contestó poniendo bastante énfasis a mi nombre.-
-¿Cómo te encuentras? -miré las paredes color crema, aquel color era tan suave, tan muerto y a la vez vivo... los dos sofá eran de color piel y habia dos lámparas blancas alumbrando la habitación. A cualquier otra persona le hubiera parecido un lugar acogedor, a mi me parecía frio y siniestro. Miré a mi psicólogo.-
-Estoy perfectamente. -respondí mecánicamente-
-¿Te gusta estar aquí?
-¿Qué si me gusta estar aquí? Claro, son las mejores vacaciones que he tomado nunca, bonitas vistas, muy cómodo el colchón, tal vez al servicio le falla la amabilidad de sus trabajadores. A lo demás, le doy un diez.
-Entiendo. ¿No te gustaría estar más en tu casa?
-No. -lo dije simplemente porque sé que no es lo que él queria escuchar.
-Entonces, perfecto, me alegro de que la estancia aquí sea tan agradable. Y bueno, cuéntame Ariadna, ¿Cómo te sientes?
-Perfectamente, ya se lo he dicho.
-Tienes que empezar a hablar y a ser sincera con los demás y sobre todo contigo misma. No haces nada engañandote, te harás mucho más daño.
-Yo sé sobrevivir al daño, al dolor.
-¿Y eso? ¿por qué? ¿a qué se debe?
-A que estoy acostumbrada a esas sensaciones -empecé a centrarme en una cosa en particular, y como seguía sin concentrarme ni lo más mínimo empecé a respirar hondo...una respiración, dos respiraciones, tres, cuatro, cinco...
-Algún día vas a tener que aceptar lo que te pasó. -el psicólogo suspiró, como si estuviera perdiendo la paciencia. Todos la pierden conmigo. Soy cabezota, y cuando tengo una opinión, nunca la cambio.
-Mira, yo paso de esta mierda usted lo sabe. Puedo contarle lo bien que lo he pasado estos últimos días tumbada en la cama de este hospital. Pero yo creo que eso no le interesa, así que, ¿por qué no me deja en paz y me deja irme? -me estaba empezando a agobiar aquí dentro, el color de las paredes... las paredes en si parecía que se estaban empezando a tambalear y que se iban  a caer encima. Me dio un fuerte pinchazo en la sien y puse mis manos a ambos lados de la cabeza. Estaba perdiendo el norte, lo sabía perfectamente. Me levanté bruscamente, hasta aquí he llegado. Ya es suficiente.- Mira doctor -dije mirándolo lo más friamente que pude- Yo estoy bien, ¿sabe? no tengo ningún problema -dije moviendo mis manos, cuando de repente otro pinchazo más en mi cabeza. ¿Qué coño pasaba ahí dentro? Alguien me estaba dando martillazos dentro y me estaba matando de dolor. -Joder -susurré, miré otra vez al doctor Johnson y vi preocupación que inmediatamente cambió a diversión, sus ojos se reían de mi, lo veía y lo confirmé cuando de su boca sonó una carcajada limpia, ¿qué coño se creía? Su cara empezó a deformarse antes mis ojos incrédulos y vi como aparecía un bicho de color gris delante mía, que no paraba ni un segundo de reír. Me eché para atrás rápidamente asustada. -¡Pare ya! -pero no la hacía y yo notaba que mis piernas empezaban a flaquear.- ¡Le he dicho que pare, joder! -cogí una estatua de adorno que había encima de una estantería a mi lado y apunté a su cara y se la lancé, pero la esquivó. Joder, joder, tenía que parar aquello. -¡Socorro!-grité lo más alto que pude. Segundos después por la puerta entraron, dos bichos más pequeños, me cogieron de los hombros y yo no podía parar de chillar. Me estaba desgarrando la voz. Empecé a moverme en sus brazos, pegué patadas, para conseguir que me soltaran, pero todo fue en vano. Noté un pinchazo en mi brazo y todo a mi alrededor comenzó poco a poco a pararse. Ya no daba vueltas, y yo paré de forzajear con los bichos. Todo era calma y comenzaba incluso a sentirme bien...hasta que todo se volvió oscuro.


No hay comentarios: