3 de septiembre de 2013

A drop in the ocean.

Nunca seré suficiente para nadie. Esa es la idea que corre por mi cabeza, todo el puto tiempo. Es como si me hubiera cogido por el cuello y no me dejara respirar. ¿No habéis tenido miedo nunca a no ser lo suficientemente buenos para los demás? Yo sí, todo el rato, a todas horas. Desde pequeña me han hecho sentir inferior, pequeña, muy menuda, una hormiga a punto de ser aplastada. Nunca me ha gustado esa sensación que te oprime el pecho, que no te deja ser tu misma, y sé que esa sensación la han causado los demás en mi. Que cuando mi madre me veía con nueve o diez años, me preguntaba, ¿cómo te ha ido el colegio, cariño? Porque ella sabía que algo iba mal, no era la misma niña alegre de siempre. Alguien toco el interruptor de mi propia Campanilla y se marchó. Sin más. Mi infancia quedó en cenizas debido a las demás niñas caprichosas que no tenían suficiente con su maravillosa vida, sino que tenían que arruinar la de una compañera de clase que siempre se calló todos los insultos dirigidos hacia ella. A veces, no hablamos, pero eso no significa que nuestros ojos no los hagan, hay gente sufriendo y no lo dice pero estoy segura de que en sus ojos verás que está naufragando, que necesita urgentemente un salvavidas. Pero nadie la mira detenidamente y entonces, nadie le lanza nada y naufraga, y se va perdiendo y hundiendo entre las olas de agua salada, hasta caer en el fondo del mar. Más tarde, todos sabemos lo que pasa, alguien nota su ausencia (ahora si, claro) y llora. Y todo el mundo de repente se siente culpable, 'ay, yo le dije tal', 'espero que no le afectara mi insulto, no iba con esa intención'. Pues yo sé que la niña debajo del mar, está odiándoos por ello, por no haberla salvado, por no haber hecho nada por ella, por haberla ignorado y tratado como un objeto de decoración más. Y sí, en esos casos, cuando no miramos a los ojos de alguien, estamos cometiendo un grave error, porque no sabemos cuando gente podrá morir por nuestra maldita y puta culpa. Y creédme, yo desee ser la niña ahogada por las olas del mar, pero nunca le di ese gusto a nadie, pocos miraron mis ojos café detenidamente, y sí, naufragué, pero nadé contracorriente, nadé con todas mis fuerzas, nadé y no pensé en nada más, solo en salir del caos. Y aún sigo nadando, estoy a flote, moviendo mis brazos y mis piernas, aún no me he ahogado. Aún. Porque sigo esperando que alguien me mire a los ojos y sepa que algo dentro de mi va mal, y se ofrezca a ser mi salvavidas. Sigo esperando, para nada, solo porque me gusta tener esperanza en algo. Es lo único que me hace sentir todavía viva. Que en mis venas fluye sangre y no agua. Que mi corazón sigue latiendo y mi cerebro pensado sin parar a descansar ni un solo segundo. Desde aquí, flotando en el agua, veo mi reflejo y siento miedo. Miedo y repulsión hacia mi misma. ¿Quién coño es la del reflejo? ¿por qué alguien con grandes ojeras, lágrimas en los ojos hinchados y pelos desordenados está haciendo pasar por mi? Después una ola viene hacia a mi y me doy cuenta de la verdad. De que ese reflejo del agua, soy simplemente yo. Agotada. Exhausta. Rendida. Pero sigo siendo yo. Pero ahora que estoy ahí, sola, sin nadie que me diga lo contrario, sé que nunca aceptaré mi propio reflejo. Que nunca me gustaré. Y entonces, lloré como nunca antes lo había hecho, y mis lágrimas se perdieron entre el agua del mar. Y sin más, eso soy, algo tan simple como una gota en el océano. 


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