27 de agosto de 2013

Mi cuento de hadas lleno de mierda.

Cada día me demuestras más que no hay que esperar nada de nadie. Tú y solo tú me has enseñado esa valiosa lección. Nunca la olvidéis, es una aprendizaje básico para poder sobrevivir en este mundo plagada de bichejos y monstruos. En fin Serafín. Hoy contaré un cuento de hadas lleno de mierda. ¿Sabíais que el frío no solo te hiela si no que también te quema? Pues sí y creo que eso es otra de las cosas que aprendí contigo. Eras como hielo. Como ese frío de diciembre, de un invierno blanco, que te cala hasta lo más profundo de tu ser y no te deja respirar. Pero sí, por otra parte eras como los rayos de sol abrasadores de pleno Agosto a las dos de la tarde en una playa del Mediterráneo. Hacías que ardiera. Me avivabas. Además de eso, me decías palabras bonitas, me hacías creer en el amor, ¡en el amor! Joder. A mi que solo me importaba ver mi serie favorita todas las semanas y comer siempre que quisiese mi helado favorito, me hablaste de amor, y me hiciste creer en muchas otras cosas, me hiciste soñar con castillos más altos que el cielo, y con velos de novia más largos que los kilómetros que hay de aquí a Australia. A mi que me gustaba estar más sola que acompañada, me hiciste ver que ya nunca más amaría la soledad, ya que amaría cada segundo cerca de ti. Y así lo hice, amé todos los momentos a tu lado. Amé el sabor de tus labios convirtiéndose en mi sabor favorito, dejando mi helado favorito de helado. Amé contar los infinitos lunares de tu espalda, dejando de lado todas las cosas infinitas. Amé cada instante, en el que tu boca, cambiaba, se movía, se ampliaba, para sonreír y parar el mundo para que todo el mundo pudiese observarte. Amé tu forma de mojarte los labios antes de hablar. Amé tu sinceridad desde el primer momento y abrazarte cuando me chillabas o me tratabas como a la mierda. Amé cuando tus manos me cogían y adoraban cada parte de mi cuerpo. Amé más tu forma de caminar, tu espalda, y amé que me hicieras aprender que se podía llorar a carcajadas. Amé tu olor y tu mirada oceánica, tus palabras duras o suaves, amé tus días malos, amé tus decisiones, amé tus virtudes, amé tu risa, amé tus gemidos y jadeos, amé mi nombre de tu boca, amé tus defectos, incluso amé el día que me dejaste y te fuiste, sin más. Amé tu forma de cansarte de mi. Amé todo, absolutamente todo de ti. ¿Y tú? Ahora que estoy contando la historia, no tengo miedo a preguntar, ¿realmente amaría algo de mi? Me arrastré, lloré y supliqué, a él. Porque quererle era lo único que había aprendido con él. Sin saberlo, él me había cegado de todo lo demás, y me fui alejando de la gente, de mis sueños y metas, de la vida, del mundo exterior. Me quedé encerrada en esa historia y cada vez que la recordaba y acababa, volvía a empezar y a recordarla. Y así todo el día. Atascada. Hablando con la luna. Ya me daba igual. Tú eras superior a todos. A mi. Yo te puse delante, incluso de mi misma. Tal vez, deberías haber amado eso de mi, tu forma de anteponerte a todo, siempre eras lo primero para mi. Nada me importaba más que verte aunque fuera una milésima de segundo, algo feliz. No me dejaste crecer. Solo me dejaste llorar en mi ventana, allí por donde tantas noches te dejé entrar a mi habitación, a mi vida, a mi misma. Se me ha olvidado decir, que amé que durante unos escasos minutos pudiéramos convertirnos en uno. Tal vez, eso fue uno de mis errores. Yo creía que todos los días, a todas horas, en todos los minutos y segundos, éramos una sola persona con el mismo propósito, pero ahora cuando cuento la historia completa a alguien, me doy cuenta de que no era así, te recuerdo y lo hago con muchísimos detalles. Cierro los ojos y puedo verte sin dificultades y de ahora sé que tú eras alguien, solo una persona, no contaste conmigo nunca, eras independiente, nunca tomaste decisiones pensando que alguien más caminaba a tu lado para que nunca tropezarás, mientras que ese alguien, ósea yo, siempre caminó sin alguien al lado. Sin ti, mejor dicho. Nunca me salvaste. Me dejaste caer hasta lo más hondo y yo me dejé, porque pensé, que vendrías a por mi, a rescatarme de la oscuridad. Pero no ha sido así. Y recordar todos los momentos contigo, sin que se me escape una lágrimas es imposible. Me hiciste aprender tantas cosas, algunas sin valor alguno y otras, con demasiado valor para poder verlo con claridad hasta hoy. Amé cosas de ti, que quizás algún día podré aprender a odiar, porque eran repulsivas. Nunca debería haberte dejado instalarte en mi corazón, porque eras hielo, y me dijiste que no me harías daño, que solo calentarías mi corazón, que el hielo algunas veces no enfriaba, solo calentaba, lo hizo hasta hace poco, que me di cuenta de que ahora mi corazón está completamente congelado, y que nadie puede hacerlo entrar en calor. (A lo mejor, excepto tú, aunque no sé si querrías que lo volvieras a hacer... o sí, porque como suelen decir,  todos tenemos una faceta de masoquistas y la mía es muy grande.)


Después de contar mi cuento, me doy cuenta de que es increíble y muy estúpido, como hasta hoy, he seguido esperando tu llegada desde mi ventana, te hubiera vuelto a dejar entrar todas las veces que hubieses querido. Que gran idiota que soy. Ya nunca más haré pactos con el diablo (tú) porque es verdad eso de que al final se llevan tu alma con ellos. Amé todo de ti, como he dicho, pero ahora de tanto esperar tu regreso, puedo decir, que una parte de mi, cada día, te odiaba más.
Pero, ya que estamos hablando con total sinceridad,  ¿sabes lo qué odio más de esta historia? Que tú siempre fuiste lo primero para mi, ante todo, eras lo único que me importaba, y tú, sin embargo, nunca me pusiste por delante de nadie, siempre fui tu última opción, el puto último plato que finalmente como estás tan lleno que te lo terminas dejando a medio comer o sin ni siquiera haber probado bocado. Eso fui para ti. Nada. Y lo odio porque un día creí que podías llegar a querer a alguien, además de a tu estúpido ego y me equivoqué. Y duele. Pero espero que eso de que de los errores aprendes, sea verdad.


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