16 de agosto de 2013

Diferencias aplastantes.

¿Cuándo algo te supera de verdad, qué es lo que hay que hacer? ¿Levantarme sin más y andar hacia delante? ¿Incluso cuando tienes continuamente la sensación de que alguien quiere asfixiarte, hasta ver tu cuerpo sin vida? He perdido todo, mis sueños, mis metas, mis ilusiones, mi risa, mi sonrisa, mi forma de ser y de actuar, mis recuerdos, las razones de seguir viva o al menos de querer seguir vida, la fuerza, y aunque dicen que la esperanza es lo último que se pierde... yo ya la ha perdido. Por lo tanto, ¿vale la pena levantarse?
Todo el rato me siento como si estuviera en medio de una carretera, sola, con la luz de la luna y la compañía de las sombras. El ruido de viento chocándose con los árboles, incluso puedo escuchar mi propio corazón, bom bom bom bom... ese sonido es irritante, tanto como el tic tac de un reloj antiguo. Aún tengo sangre en las venas, aún tengo un corazón que puede seguir latiendo y no está hecho añicos, solo puede que esté magullado, y con más de una grieta. Al igual que mi cuerpo. Está cansado, débil, pero ni derrotado del todo, ni muerto. Puedo darme cuenta de que mis pies están bien anclados en el asfalto, siento mis rodillas doblarse y siento como me caigo, a cámara lenta, como cuando en una película la cámara se acerca poco a poco a los dos protagonistas, para que los espectadores podamos ver bien su reencuentro, la chica choca con el cuerpo del chico rubio alto, que después de mirarla a los ojos, la coge al vuelo, mientras la chica morena enrosca sus piernas en la cintura de su amado y se dan un cálido y reconfortante beso. Lo diferente de mi situación, es que ya no soy una espectadora, soy la protagonista desgraciada, y habrán otros que vean como me desvanezco y esto, no tiene una pizca de reconfortante o cálido, al contrario, es desolador y frío, espeluznante. Abro mi boca para intentar pero no consigo nada, mis cuerdas vocales si que están rotas debido a todas mis anteriores súplicas sin respuestas. Creo queme han hecho un favor, así no tendré que gritar a nadie, a la nada, eso es más humillante. Pedir ayuda y que nadie te la de. Por lo tanto, grito pero solo expulso silencio. Mis ojos se vuelven como el cristal roto de un vaso que toca el suelo, y al mismo tiempo que empiezo a llorar, puedo ver como cae agua del cielo. Está lloviendo y yo estoy simplemente recostada en una carretera en medio de la nada y lo peor, no hay nadie. O puede que me equivoque. Lloro buscando un poco de compasión, de afecto de alguien, que nunca te a volver a ver, que nunca jamás sabrá que has pasado por esto. Lloro, aunque tú no lo sepas. Pienso en si, aunque tú no lo sepas. Sufro, aunque tú no lo sepas. Doy todo por ti, todo, aunque tú nunca lo sabrás.
Unas luces demasiado brillantes, me ciegan cuando menos lo espero. Pongo mi brazo para cubrir esa luz que me hace daño. Oigo el ruido de un motor. Sí. Es un coche a más de doscientos kilómetros por hora y puedo asegurar con certeza que se dirige hacía a mi, que me había visto y que no va a girar violentamente el volante para esquivarme. Claro que no. Me va a atropellar. Me va a aplastar. A quitarme la vida. ¿Por qué haces esto? esa pregunta recorre escasos segundos mi mente, hasta que el momento va acercándose lentamente. Pero no me encojo, ya ni siquiera lloro, solo espero que llegue y acabe con toda esta mierda.
Tú eres capaz de conducir ese coche. Y de matarme. 
Y yo soy capaz de morir por ti.

Y ocurre. Todo acaba. 


(Esta es la diferencia entre tú y yo.) 

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