10 de octubre de 2012

Confieso esto.

Ojos vidriosos. Empiezas a temblar. Se te cae lo que llevabas en las manos. Tu mente vuelve a recordar las palabras que te ha dicho. Primera lágrima, cae de tu ojo derecho, hasta tus labios, ahora gruesos. Empiezas a respirar fuerte, no vas a llorar. Claro que no. O tal vez si. Un nudo en la garganta, hace que no puedas respirar con normalidad, comienzas a hiperventilar. Él no se puede ir. Él no, por favor, él no se puede ir así de mi vida, no. Te llevas las manos a la cabeza. Cae agua salada por tus ojos, a las cuales, alguien llama lágrimas. Ha sido todo tu culpa. Te quieres morir. No quieres saber nada más de nadie. De repente, te haces muy muy pequeña.  No sabes que te está pasando, ves todo borroso, tus manos sostienen aún el móvil, la rabia se apodera de ti, lo tiras al suelto, se cae a pedazos. Como tú. Como tú ahora mismo. Necesitas cargarte algo más, para ver, que no eres la única que se está rompiendo, para ver que no es la única que está destrozada. Andas unos cuantos pasos, sin respirar, atascada en lágrimas, ves lo que tanto te ha jodido,  el espejo, tu reflejo, tu propio reflejo, tú. Ha sido culpa de la del espejo, el se ha llevado lo que más quería. Te das cuenta tarde. Tu mano se dirige hacía la persona que te ha arruinado la vida. Y el espejo, se hace añicos. Quieres sentirte feliz por haber acabado con ella, pero en realidad, te sientes peor. Ya has cerrado lo ojos para un largo tiempo, cuando tu cuerpo medio muerto, cae al suelo, has parado el golpe con tu cabeza. Ni siquiera ya te das cuenta de como la mano que ha roto el espejo, esta llena de sangre y te está cubriendo a ti entera. Justo encima del corazón. En tu mente notas que ya ha acabado todo, ya no vas a tener que abrir tus ojos rojos y con ojeras ni un solo día más. Pero es solo lo que notas. Los vecinos te han escuchado gritar y un golpe y llaman a que dice ser tu madre. Puedes escucharla decir, ¿por qué hija, por qué?, pero sabes que tus labios no se van a mover para contestarle. La contestación es el duro sonido del silencio. Adiós, quieres decir para despedirte. Pero lo que no sabes es que horas después te vas a levantar en el hospital, con una psicóloga al lado. Vas a hacer terapia, van a curarte la depresión, te van a tener incomunicada. Has estado inconscientes horas, pero te da igual, vuelves a llorar al recordar la conversación, notas que no puedes respirar, alguien se da cuenta y te pone algo que respira por ti. Te sientes más inútil de lo que eras. Sabes que nadie te va a buscar y nadie te va a echar de menos. Pero no puedes evitar, echar de menos a él. Hace horas que se fue, pero es como si hubiera sido toda una vida. No quieres no estar a su lado. Necesitas volver a escuchar sus 'te quiero'. Necesitas levantarme y sonreír porque sabes que él no te va a dejar caer, que va a estar contigo. Quieres que te vuelva a decir, que todo va a salir bien. Que te cuide, que te quiera. Pero no. Lo has perdido por tu culpa. Y duele, porque notas que ahora que ya no hay nadie contigo, a él, le debes mucho, le debes todo y ya no puedes darselo. Le has decepcionado. Quieres dar marchar atrás al jodido tiempo, pero no puedes. Eres incapaz. Lo sientes tanto, que incluso sabes que un perdón, no arreglará nada. Nunca más. Duele. Muy fuerte.
Después te pones a escribir esto y te sientes más estúpida aún. Tengo algo que decirte, eres el único que puede ocupar mi mente, porque eres también el único que podía quedarse a dormir en mi pensamiento. Te echo de menos, bebé. Vuelve, por favor.

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