28 de julio de 2012

No te vayas, bebé.


Piensas que ya no puedes respirar más, se te hace un nudo en la garganta, miras a tu alrededor, ves a toda la gente, te gritan, te acusan de que cosas que tú nunca podrías haber hecho, se ríen y te vuelven a dejar sola. Y lloras. Te sientas en el suelo y te echas las manos a la cabeza. ¿Qué has hecho tú para merecer esto? ¿Por qué? ¿Por qué a mi y no a otra persona? No te puedes ni levantar, estas sin fuerza, mentalmente muerta. Sin ánimos. Sin nadie. Sola. Otra vez. La historia se repite. Es un círculo vicioso, y no puedes evitarlo, el sentirte atraída en dar vueltas y vueltas en él, hasta que te mareas y quieres salir, chillas, suplicas, pero ya nadie te hace caso. Hasta que algo te deslumbra. Entornas los ojos, es una luz cegadora. Sientes una respiración a tu lado. Es alguien. O mejor dicho, es él. Lágrimas de alivio, de consuelo y de alegría se te escapan. Te mira y sonríes, como una niña pequeña. Te tiembla todo. Lo tocas y ves que es real. Que no es tu imaginación, que está aquí. Te abraza, sabes que él no se va a ir. Que va a estar ahí, junto a ti, hasta que la tormenta pase y vuelva a salir el sol. Porque... siempre hay alguien para ti, aunque no lo veas, está. Delante de tus narices. Y te salva. Para siempre. 


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